Cuando una pareja pierde la cercanía física, la reacción casi automática es pensar que el problema es "que ya no hay sexo". Pero la distancia en la cama casi nunca es la causa: suele ser el síntoma de algo que lleva tiempo enfriándose por dentro.
El cuerpo deja de acercarse cuando la persona ya no se siente vista, cuidada o escuchada en el día a día. Se acumulan pequeños descuidos — una conversación que no se tuvo, un gesto que no llegó — y sin darnos cuenta, dejamos de sentirnos en el mismo equipo. La intimidad física es, muchas veces, lo primero que refleja esa grieta.
Por eso intentar "arreglarlo" solo desde lo físico rara vez funciona: es tratar el síntoma sin tocar la raíz. Recuperar la complicidad pasa por el cuidado cotidiano y por una comunicación honesta — volver a hacerse presente para el otro, no solo compartir espacio.
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